Durante generaciones, muchas mujeres canarias trabajaron la tierra, cuidaron el ganado, transportaron leche, empaquetaron tomates, elaboraron artesanía, sostuvieron hogares y transmitieron conocimientos que todavía forman parte de nuestra identidad. El 15 de octubre, Día Internacional de las Mujeres Rurales, es una oportunidad para mirar el paisaje de las islas de otra manera: no solo como naturaleza, sino como el resultado de muchas vidas que dejaron su huella en él.
Mujeres rurales de Canarias: las manos que hicieron paisaje
A primera hora, cuando todavía quedaba fresco entre las paredes de piedra, el día ya había empezado para muchas mujeres del campo canario.
Había animales que atender, tierra que trabajar, agua que buscar, comida que preparar. Después vendrían el mercado, la casa, los hijos y, al día siguiente, casi exactamente lo mismo.
De aquella rutina quedan pocas fotografías y muchos paisajes.
Porque una parte de las Canarias que hoy contemplamos también fue construida así: a fuerza de jornadas repetidas, conocimientos heredados y trabajos que durante demasiado tiempo apenas dejaron nombre en la historia.
Cuando trabajar también significaba cuidar
Resulta difícil separar la historia de las mujeres rurales canarias de una palabra que entonces apenas se utilizaba: cuidar.
Porque después del campo estaba la casa. Y antes de la casa, quizá también el campo.
Las mujeres participaban en las labores agrícolas y ganaderas mientras asumían buena parte del trabajo doméstico y de los cuidados familiares. A comienzos del siglo XX encontramos mujeres trabajando en la agricultura, el servicio doméstico, el transporte y venta de agua, los empaquetados agrícolas, la industria del tabaco o las conservas de pescado. En determinados ámbitos rurales, además, parte de aquel trabajo agrícola femenino quedaba diluido bajo la consideración de simple «ayuda familiar».
Quizá por eso resulte tan difícil encontrar sus nombres. La historia conserva mejor las grandes fechas que las pequeñas repeticiones. Y pocas cosas hay menos extraordinarias, aparentemente, que ordeñar una cabra cada mañana durante treinta años. Sin embargo, un territorio también se construye así.
No hubo una única mujer rural canaria
Hablar de las mujeres rurales de Canarias obliga también a hacerlo en plural.
Porque cada isla pidió cosas diferentes.
En Tenerife quedó en la memoria la figura de las lecheras que descendían desde las zonas rurales llevando la leche hasta los núcleos de población. Algunas recorrían caminos cargadas con sus recipientes hasta que los nuevos medios de transporte transformaron poco a poco aquel oficio. Incluso existió en La Esperanza un servicio conocido popularmente como la guagua de las lecheras.
En las zonas tomateras, otras mujeres trabajaron en fincas y empaquetados. Los testimonios recuperados de antiguas empaquetadoras hablan de jornadas largas, de mujeres que comenzaron a trabajar siendo todavía niñas y de la dificultad de compatibilizar aquel empleo con la casa y los hijos. Su trabajo formó parte de una actividad agrícola que durante décadas sostuvo a numerosas familias y tuvo un peso significativo en la economía insular.
Y el mapa continúa.
La memoria rural femenina lleva hasta la ganadería de Fuerteventura, la agricultura de Lanzarote, el cultivo del tabaco en La Palma, la cerámica tradicional de La Gomera o la artesanía de El Hierro. En La Graciosa, donde la pesca tradicional sostuvo durante mucho tiempo buena parte de la economía de subsistencia, la vida de las mujeres estuvo estrechamente relacionada con los trabajos y cuidados asociados al mar y a una comunidad marcada históricamente por el aislamiento. El propio Gobierno de Canarias ha reunido estas realidades dentro de su colección dedicada al patrimonio cultural y las mujeres rurales del Archipiélago.
Distintos trabajos. Distintos paisajes.
La misma facilidad para permanecer fuera de la fotografía.
Lo que permanece cuando el trabajo termina
Tal vez por eso haya otra manera de buscarlas. Mirar aquello que permanece.
Una quesera. Una cesta. Un muro levantado piedra sobre piedra. Una antigua venta. Un horno. Un camino entre dos pueblos. Una casa rodeada de frutales. Los restos de un empaquetado. Los nombres de las plantas que alguien enseñó a distinguir.
Porque el patrimonio no está únicamente en los edificios que decidimos proteger. También está en los conocimientos. En saber cuándo plantar. En reconocer una señal del tiempo. En guardar semillas para el año siguiente. En conocer una receta sin haberla escrito nunca. En transformar la leche, aprovechar una cosecha o cuidar un animal.
Buena parte de esa memoria pasó de una generación a otra dentro de las familias, muchas veces mediante gestos tan cotidianos que nadie pensó que un día podrían convertirse en patrimonio. Y quizá ahí esté precisamente su importancia.
Mirarlas sin convertirlas en una postal
Recordar a las mujeres rurales tampoco debería significar construir una imagen romántica del pasado. El campo podía ser hermoso. Trabajarlo no siempre lo era.
Hubo precariedad, dobles jornadas, desigualdad, trabajos sin reconocimiento y mujeres que tuvieron que abandonar temprano la escuela para contribuir a la economía familiar. Recordarlas únicamente como mujeres sacrificadas y fuertes corre el riesgo de embellecer unas condiciones que fueron, en muchas ocasiones, profundamente injustas.
Su legado merece algo mejor que la nostalgia. Merece memoria.
Cada 15 de octubre, Naciones Unidas celebra el Día Internacional de las Mujeres Rurales para reconocer su contribución al desarrollo de las comunidades, la producción de alimentos y la gestión del territorio. En Canarias, la fecha puede servir también para hacer algo mucho más sencillo: mirar alrededor.
Mirar una huerta. Un bancal. Un camino. Una pared de piedra. Y preguntarnos quién estuvo allí antes que nosotros. Porque quizá una parte del paisaje que hoy venimos a conocer, fotografiar y admirar no sea solamente paisaje. Quizá también sea una biografía. Y muchas de sus páginas fueron escritas por mujeres.