Sube. Atraviesa la suela, alcanza la planta del pie y deja al visitante con una certeza incómoda: está pisando algo que aún no ha terminado de ocurrir
Lo primero que se siente no es belleza
Casi todo el mundo llega a Timanfaya con una imagen prestada. Cráteres. La palabra «lunar», repetida hasta gastarla. Se espera asombro.
Lo primero que aparece, sin embargo, es incomodidad.
El aire está seco de una manera que no se parece a nada. Y no huele. No huele a monte, ni a tierra mojada, ni a salitre, aunque el mar quede a pocos kilómetros. Tampoco hay pájaros. No hay hojas que el viento pueda mover. Sopla, claro que sopla, pero pasa de largo, sin arrastrar nada consigo, y ese vacío sonoro desconcierta antes de que uno acierte a nombrarlo.
Después está el suelo. Uno se agacha junto a una grieta, acerca la mano y la retira. Un trabajador del Parque vierte agua en un tubo y el agua vuelve hecha columna de vapor. No es un número de feria. Bajo el Islote de Hilario se han medido unos seiscientos grados a trece metros de profundidad. La cámara magmática sigue ahí abajo, haciendo su trabajo.
Un paisaje que no ofrece consuelo
Timanfaya tampoco se deja recorrer. No se camina libremente, no se recoge una piedra, no se baja de la guagua. El visitante mira por una ventanilla un territorio que no le pertenece, y esa distancia, que al principio desconcierta, incluso molesta, termina siendo la clave de todo.
Porque aquí no hay nada a lo que agarrarse. Ni sombra, ni verde, ni casas, ni sendero. Solo rofe, lapilli, coladas. Negros que viran a granate, a mostaza, a óxido según cae la luz.
Es la historia detenida en mitad de la historia. Detenida y borrada. Y uno, en medio, sin escala. Sin referencias. Pequeño de una manera física y filosófica.
La noche del 1 de septiembre de 1730
Entonces llega el dato. Y el dato lo reordena todo.
El párroco de Yaiza, Andrés Lorenzo Curbelo, lo dejó escrito con una precisión de notario: aquella noche, entre las nueve y las diez, la tierra se abrió cerca de Timanfaya, a dos leguas de Yaiza. De ella se levantó una montaña cuyas llamas ardieron diecinueve días seguidos. Curbelo siguió anotando mientras pudo. La lava que primero corría como agua y luego como miel.
El hecho se convirtió en episodio. El episodio en temporada. Seis años. El proceso eruptivo se prolongó hasta 1736 y llegó a afectar a una cuarta parte de la isla. Sepultó aldeas enteras; Timanfaya era una de ellas, de modo que el parque lleva hoy el nombre de un pueblo que ya no existe. Arruinó los mejores campos de labranza de Lanzarote. Salinizó los pozos. Y empujó a marcharse a buena parte de la población, que emigró entre 1731 y 1732 hacia Fuerteventura y otras islas. Casi no hubo muertos. Hubo, en cambio, un éxodo.
Eso es lo que uno pisa. O más exactamente: eso es lo que uno no pisa, porque está debajo.
Imaginar sobre la nada
Ahí está lo raro de Timanfaya, y también lo grande. La catástrofe no dejó ruinas. No hay un muro caído, ni una casa a medias, ni un campanario asomando entre la lava. No dejó nada que mirar. Dejó únicamente superficie.
Por eso el visitante tiene que hacer un trabajo que casi ningún otro paisaje le exige: imaginar. Reconstruir seis años de fuego a partir de un silencio. Poner aldeas donde solo hay malpaís. Poner vecinos, ganado, higueras, aljibes, encima de una llanura negra que no devuelve ninguna pista.
El islote toma su nombre de Hilario, un lanzaroteño que, de vuelta de la guerra de Filipinas, vivió aquí como ermitaño con la única compañía de su camella. Plantó una higuera. La higuera pegó y llegó a florecer, pero nunca dio fruto: la flor, se decía, no podía alimentarse de la llama.
Saber dónde se pisa
Timanfaya no es un museo. Las lavas siguen enfriándose casi tres siglos después, y Canarias ha vuelto a recordárnoslo hace muy poco: la última erupción del archipiélago levantó el volcán de Tajogaite y rehízo el oeste de La Palma en 2021. Allí el paisaje todavía tiene testigos que lo cuentan en primera persona. Aquí no queda ninguno. Solo un cuaderno de párroco y una llanura.
Por eso conviene llegar sabiendo. Porque el calor en la planta del pie es apenas una sensación hasta que uno conoce la fecha, el nombre del cura, la lista de los pueblos que están debajo. Después, la sensación es una memoria prestada.
Y quizá ese sea el mejor recuerdo de Timanfaya. No la fotografía del cráter. Sino la sensación exacta, e irrepetible, de haber caminado tres siglos por encima de un pueblo que no volvió.
Cómo llegar
Desde Gran Canaria, en ferry
El trayecto se resuelve en dos tramos con Fred. Olsen Express. El primero, el ferry Gran Canaria Fuerteventura, sale de Las Palmas rumbo a Morro Jable, en Fuerteventura: dos horas de travesía y hasta cuatro salidas diarias. Ya en la isla, se cruza de sur a norte hasta Corralejo, y allí se toma el ferry Fuerteventura Lanzarote, de veinticinco minutos en fast ferry o treinta y cinco en el ferry de pasajeros, hasta el puerto de Playa Blanca. Merece la pena embarcar con el coche: el tramo fuerteventureño por carretera es largo, y en Lanzarote el vehículo propio resulta imprescindible.
Del puerto al parque
Desde Playa Blanca hay unos veinticinco kilómetros hasta la entrada: LZ-2 hasta Yaiza y desvío a la LZ-67 en dirección a Tinajo. Media hora escasa.
Desde Arrecife, poco más de media hora por la LZ-2 y la LZ-30.
El control de acceso está en esa misma carretera, cerca del Echadero de los Camellos, señalado por un taro de piedra seca. No hay línea regular de guagua que llegue hasta el Islote de Hilario: quien viaje sin coche debe contratar una excursión organizada o un taxi.
Si es tu primera vez
- La entrada a Montañas del Fuego solo se vende online, con fecha y franja horaria concretas. No hay taquilla. Adulto, 30 €; niños de 7 a 12 años, 15 €; residentes canarios, 24 €; residentes en Lanzarote, 2 €. Menores de 7 años, gratis.
- Horario de acceso: de 9:30 a 15:45. Descarga la entrada antes de salir de casa, porque la cobertura móvil en la zona es mala.
- Preséntate quince minutos antes de tu franja. Pasada la hora reservada no se garantiza el acceso, y no hay cambios ni devoluciones.
- Ve a primera hora. Menos espera en la carretera de subida y, sobre todo, luz rasante: es la que le da textura al rofe y saca los colores de los cráteres.
- La entrada incluye la Ruta de los Volcanes, unos treinta y cinco minutos en guagua por el interior del parque. No está permitido bajarse en ningún momento.
- Antes o después, pasa por el Centro de Visitantes de Mancha Blanca (LZ-67, entrada gratuita, de 9:00 a 16:00). La cronología de la erupción se entiende mejor allí que en el propio Islote de Hilario, y su pasarela exterior es un balcón abierto sobre el malpaís.
- Si quieres caminar: las rutas guiadas de Tremesana y del Litoral son gratuitas, en grupos reducidos, y se conciertan con antelación en Mancha Blanca.
- Lleva chaqueta. Es zona alta, ventosa y fresca a primera hora, aunque el suelo diga lo contrario.