Punta del Hidalgo, donde Anaga baja a descansar

Vista del pueblo de la Punta del Hidalgo, en Tenerife
Marcos

Las botas llegan cubiertas de polvo, las rodillas cansadas y la mirada todavía llena de laurisilva. Quien alcanza la Punta del Hidalgo después de bajar desde las cumbres de Anaga trae en el cuerpo varias horas de sendero y, de pronto, el océano entero delante. Ese último recodo explica mejor que cualquier mapa este rincón del norte de Tenerife. No es un punto de partida, es una llegada. 

Aquí termina el macizo. La montaña, como si de un senderista se tratara, tras plegarse en barrancos y roques durante kilómetros, se rinde ante una plataforma volcánica baja y abierta al Atlántico. Descansa al fin. 

El culmen de un descenso

Para muchos senderistas, la Punta del Hidalgo es el final del PR-TF 10, el camino que desciende desde la Cruz del Carmen, a casi mil metros de altitud, hasta el nivel del mar. Son algo más de diez kilómetros que atraviesan los pisos de vegetación del Parque Rural de Anaga: primero el bosque húmedo de fayas y brezos, luego las laderas abiertas, después el caserío de Chinamada, con sus casas excavadas en la roca y todavía habitadas. Desde allí, el sendero se descuelga tallado en la piedra sobre el barranco del Tomadero, en un zigzag que obliga a medir cada paso. 

Abajo espera la Punta. La ansiada Punta. Y cuando el camino desemboca en la rotonda donde muere la carretera, el cuerpo entiende que acaba de cruzar media isla en vertical. 

Aquí no se llega por casualidad ni de paso. Se llega con el esfuerzo todavía caliente. La Punta no es el destino de un día de playa. A veces lo es, sí. Pero el bañista ve con frecuencia llegar a senderistas. Por lo tanto sabe también que es el culmen de una travesía.

Un paisaje en capas

El litoral se recorre a pie entre la piscina natural de El Arenisco, los charcos de Las Furnias y pequeñas playas de callaos como El Arenal, El Roquete o Los Troches, donde el mar suena distinto, más grave, al arrastrar las piedras redondas. El baño existe, pero aquí el agua no es la protagonista: lo es el conjunto. 

A un lado, el océano batiendo contra la lava. Al otro, las plataneras, que se acercan casi hasta la orilla y recuerdan que esta franja de tierra fue, y sigue siendo, tierra de cultivo. Entre ambas, el paseo. Y detrás de todo, cerrando el horizonte, los macizos de Anaga, escarpados, verdes cuando el alisio los moja, con el Roque de los Dos Hermanos vigilando la costa como un centinela doble. 

Cuenta la tradición que el nombre viene de tiempos guanches: que esta lengua de tierra le correspondió a un hijo del mencey Tinerfe que no heredó el título real, y que por eso se la conoció primero como Punta del Hidalgo Pobre. Pobre en extensión, quizá. Desde luego no en paisaje. 

Un faro que parece nacer de la lava

Al final del camino, entre la punta que da nombre al pueblo y la Punta del Güigo, se levanta el faro. Y sorprende, porque no se parece a ningún otro. 

Faro de la Punta del Hidalgo

Nació de un plan de señalización marítima trazado en los años ochenta para completar la red de luces del archipiélago. El proyecto fue obra del ingeniero de caminos Ramiro Rodríguez-Borlado, que renunció a la torre clásica y propuso algo más cercano a una escultura: una sucesión de prismas de hormigón blanco que crecen escalonados desde tierra hacia el mar, como cristales brotando de la roca volcánica o como la proa de un barco apuntando al Atlántico. Las obras terminaron en 1992 y la luz se encendió en noviembre de 1994. Su torre de 50 metros ofrece un contraste hipnótico con el resto del conjunto. 

Nació automatizado, sin viviendas para guardianes, en los mismos años en que el oficio de farero empezaba a apagarse en toda España. Mirarlo es asomarse al final de una historia que en Brisa ya contamos al recorrer la memoria de los fareros de Canarias, aquellos hombres y mujeres que vivían junto a la luz. Aquí la luz se cuida sola. Pero el gesto sigue siendo el mismo: avisar a quien navega de que la tierra está cerca.

Llegar por mar

Quien viene desde Gran Canaria tiene la Punta más cerca de lo que parece. El ferry entre Agaete y Santa Cruz de Tenerife de Fred. Olsen Express cruza en algo más de una hora, y desde el puerto de la capital la carretera sube hacia La Laguna y desciende después hacia la costa norte hasta terminar, literalmente, en la Punta. Uno de los barcos de esa ruta lleva el nombre de Bajamar, el pueblo vecino. Casualidades que no lo son tanto. 

Donde termina el camino

Al caer la tarde, cuando la luz se vuelve oblicua sobre los charcos y las crestas de Anaga se encienden de naranja, la Punta del Hidalgo enseña su mejor cara. El senderista se sienta en una piedra, se quita las botas, mira hacia arriba y reconoce el sendero que acaba de bajar. Arriba, la montaña. Abajo, el mar. Y entre ambos, en lo alto de su escultura blanca, el faro empieza a girar. 

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