Taganana, antes que paisaje, pueblo

Vista del caserío de Taganana hacia las montañas de anaga
Marcos

Taganana es uno de los núcleos rurales más antiguos y con mayor personalidad de Tenerife. Situado en pleno Parque Rural de Anaga, conserva arquitectura tradicional, cultivos en bancales, patrimonio histórico y una forma de vida estrechamente ligada a la montaña, la agricultura y el Atlántico. Visitarlo permite acercarse a una parte esencial de la identidad rural de Tenerife desde el respeto a sus habitantes y a un entorno declarado Reserva de la Biosfera.  

Aquí casi nada es horizontal. Las casas se acomodan donde pueden. Los caminos suben, bajan, giran. Las huertas ocupan pequeños espacios ganados a una geografía que nunca lo puso demasiado fácil. Y al fondo, apareciendo y desapareciendo entre las laderas, está el mar. 

Caserío de Taganana

Quizá por eso Taganana tiene una identidad tan reconocible. Porque durante siglos vivir aquí no consistió en transformar el paisaje hasta hacerlo cómodo, sino en aprender a convivir con sus límites. Y eso todavía se nota. 

Un pueblo de los de antes

Lo primero que merece la pena hacer en Taganana es algo bastante sencillo: caminar. 

Caminar por sus calles, pasar junto a las casas, cruzarse con alguien que vuelve de hacer un recado, detenerse en la plaza. Mirar esas fachadas que no responden a ninguna voluntad de resultar pintorescas porque llevan allí mucho antes de que alguien pensara que podían ser fotografiadas. 

En lugares como este, el costumbrismo no está en una representación del pasado. Está en lo cotidiano. 

Caserío de Taganana,
Puerto de un local en el Caserío de Taganana
Caserío de Taganana

Está en una puerta abierta. En una conversación entre vecinos. En una maceta. En las pequeñas huertas. En las paredes que han envejecido de verdad. En esa sensación, cada vez menos frecuente, de que el pueblo no fue construido para quien llega, sino para quien vive allí. Y ahí reside buena parte de su valor. 

Porque Canarias también es esto. No solo los grandes paisajes que ocupan portadas, sino las comunidades que han encontrado durante generaciones una forma de permanecer dentro de ellos. 

Taganana conserva arquitectura y elementos vinculados a esas formas tradicionales de vida, desde lagares y eras hasta viviendas surgidas de una arquitectura popular transmitida durante generaciones. El propio patrimonio de Anaga habla de tejados, balcones, ventanas y construcciones sencillas cuya identidad fue formándose con el tiempo y con las manos de quienes las levantaron.  

El paisaje también lo hicieron quienes vivieron aquí

Es fácil llegar a Anaga y pensar que todo lo que tenemos delante pertenece exclusivamente a la naturaleza, pero Taganana ayuda a mirar mejor. 

Montañas de Anaga

Entre las laderas aparecen bancales, pequeños cultivos y viñas que recuerdan que este territorio también es paisaje humano. Durante el siglo XVI, el valle tuvo una importante actividad vinculada al azúcar y, posteriormente, el vino adquirió un peso especial en su economía. Incluso el antiguo Camino de Las Vueltas nació de la necesidad de comunicar Taganana con La Laguna y transportar la producción atravesando un territorio tremendamente complejo.  

Montañas de Anaga en Taganana

Durante generaciones, trabajar la tierra aquí significó insistir. Sujetarla. Construir un pequeño muro. Plantar donde parecía difícil plantar. Esperar. Volver. 

Por eso conviene no mirar los bancales únicamente como una imagen bonita. Son parte de una cultura y una vida. Una forma de relacionarse con el territorio que explica mucho mejor Taganana que cualquier mirador. 

Una iglesia que cuenta mucho más que religión

En medio del caserío aparece la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves. 

Fachadas blancas en Taganana

Su origen se remonta al siglo XVI y está declarada Bien de Interés Cultural. En su interior se conserva un patrimonio artístico de diferentes épocas, incluido un conocido tríptico flamenco del siglo XVI.  

Pero incluso sin entrar en todos sus detalles artísticos, la iglesia ayuda a entender algo importante. Durante siglos, estos pequeños templos fueron mucho más que edificios religiosos. Fueron lugares alrededor de los cuales se organizaba la vida comunitaria. Espacios de encuentro, celebraciones, despedidas, fiestas y recuerdos compartidos. 

Después, el mar

Desde el pueblo, la carretera sigue descendiendo hacia una de las costas más reconocibles de Anaga.

Roque de las Bodegas, Almáciga y Benijo aparecen a pocos kilómetros, con ese Atlántico abierto que obliga a recordar que aquí el mar merece respeto. Son playas expuestas al oleaje y conviene extremar la precaución antes del baño.  

Playa de Taganana con roques de Anaga de fondo

Comer algo. Mirar la costa. Dejar pasar un rato. Leer. Darte un baño. Aquí el orden te dejo que lo elijas tú. El ritmo que respira este lugar es el que te pautan siempre que necesitas desconectar y respirar. Porque Taganana no necesita más prisa. 

El valor de no convertirlo todo en escenario

Anaga es Reserva de la Biosfera desde 2015, y Taganana forma parte de uno de esos territorios donde la conservación de la naturaleza y la permanencia de los asentamientos humanos están íntimamente relacionadas. De hecho, el propio instrumento de gestión de la Reserva reconoce el valle de Taganana y Almáciga como una zona donde los usos tradicionales compatibles con la conservación forman parte del valor del espacio.  

Eso implica también una responsabilidad para quien llega. 

Aparcar sin invadir. No dejar residuos. Respetar viviendas y terrenos privados. No convertir cada calle en un plató. Entender que detrás de una ventana vive alguien y que una huerta no es atrezo. 

Parece básico, pero quizás el turismo que viene necesita recordar más veces esas cosas sencillas. 

Caserío de Taganana, vista del mar
Sillas junto a la carretera en Taganana

Porque proteger Taganana no significa conservarla inmóvil. Los pueblos tienen derecho a cambiar, a mejorar y a encontrar nuevas formas de vida. Significa permitir que puedan hacerlo sin perder aquello que los hace reconocibles. 

Su memoria. Su paisaje cultivado. Su manera de hablarle a la montaña y al mar. Taganana tiene mucho valor precisamente porque todavía podemos llegar hasta allí y sentir que el lugar pertenece, antes que a nadie, a quienes lo llaman casa. 

Y así debería seguir siendo. 

Cómo llegar a Taganana desde Gran Canaria

Desde Gran Canaria, Fred. Olsen Express conecta el Puerto de Agaete con Santa Cruz de Tenerife en unos 80 minutos, con hasta ocho salidas diarias y posibilidad de viajar con vehículo. Puedes consultar horarios y reservar directamente en la ruta Gran Canaria–Tenerife de Fred. Olsen Express.  

Una vez en Santa Cruz, puedes continuar en coche hacia Anaga y enlazar con la carretera que desciende hasta Taganana. Si prefieres dejar el coche atrás, la línea 946 de TITSA conecta el Intercambiador de Santa Cruz con San Andrés, Taganana y Almáciga, con un recorrido aproximado de una hora.  

Y aquí quizá el trayecto importe más de lo habitual. Porque Taganana empieza bastante antes de llegar al pueblo: empieza cuando la carretera se interna en Anaga, las curvas obligan a conducir más despacio y Tenerife, poco a poco, empieza a parecer otra isla. 

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