Se nota antes de verlo. Al salir del último túnel, el aire cambia. Hay una humedad distinta, un frescor que huele a tierra mojada, mucho después del preticor. Huele a hoja verde, y la luz parece haber pasado por un filtro de color antiguo. Estamos en Hermigua, y la piel lo sabe antes que los ojos.
El valle se abre despacio, escalonado en bancales, hundido entre dos laderas que sirven turno eterno como guardianes. Arriba, la laurisilva de Garajonay retiene la bruma como si fuera un cuenco. Abajo, muy al fondo, el Atlántico. Y entre ambos extremos, un largo trayecto verde por el que baja el agua —a veces caudal, casi siempre humedad— y por el que suben, empujados por el alisio, los aromas del mar. Hermigua es, sobre todo, ora conversación, ora duelo entre altura y costa.
Un clima que se hizo memoria
A principios del siglo pasado, un grupo de meteorólogos europeos midió el aire de este valle y concluyó que aquí se disfrutaba del mejor clima del mundo. La afirmación quedó en carteles, en folletos y en la memoria de residentes y visitantes. Pero, más allá de la etiqueta, lo que importa es el mecanismo: los alisios cargados de humedad chocan con las cumbres de Garajonay, se enfrían, se condensan y devuelven al valle, ya en forma de nube baja o de llovizna fina, buena parte de esa agua. El resultado es un termostato natural. Rara vez se baja de dieciocho grados en invierno; rara vez se pasa de veintisiete en verano. En Hermigua el tiempo es cabal, se contiene. Y es por tanto anacrónico.
El verde como forma de trabajo
Ese equilibrio se traduce en algo muy concreto: bancales. Cientos de ellos, trepando por las laderas, sosteniendo plataneras, papayas, vides, huertas pequeñas. El valle es una obra colectiva, hecha de piedra apilada, canales de riego y paciencia. Aquí el paisaje se cultiva. Y esa relación cotidiana entre la gente y la tierra explica por qué Hermigua conserva una escala tan humana. Las casas se dispersan por las laderas como un belén, blancas entre el verde, cada una asomada a su bancal, a su platanera, a su tramo de vista.
Es aquí donde La Gomera cuenta una versión de Canarias distinta a la que muchos esperan. Frente al otro Archipiélago, el de la aridez, del volcán reciente y de la arena que viaja con el viento, Hermigua propone otro relato: el de la humedad antigua, el de la laurisilva superviviente, un agua que no descansa.
En Famara, hace poco, escribimos que el pueblo respira. Allí lo hace frente al océano abierto, con los pies en la arena y el pelo desordenado por el viento. Aquí también, pero con otro pulso: donde allí mandan el viento y el jable, aquí mandan el agua y la sombra fresca. Dos maneras de ser Canarias, igual de ciertas.
Del Cedro al Pescante
El valle tiene dos extremos y ambos merecen recorrerse. Arriba, el bosque del Cedro, dentro de Garajonay, con su laurisilva colgada de musgo, sus helechos altos y la cascada del Chorro descolgándose desde la meseta cuando el año trae agua suficiente. Abajo, la costa: playas de arena negra en La Caleta y Santa Catalina, y los cuatro pilares de hormigón del viejo Pescante, aquella estación de carga de plátanos que trabajó cuando el mar no dejaba atracar barcos. A su lado, una piscina natural labrada en la roca sigue recibiendo bañistas casi todo el año. El pasado exportador de Hermigua está en esas ruinas, ya erosionadas, ya vencidas, pero todavía en pie.
Cómo llegar a Hermigua
Hermigua se cuenta bien desde el mar. Desde Tenerife, el fast ferry de Los Cristianos a San Sebastián de La Gomera cruza el estrecho en unos cincuenta minutos y deja al viajero en el muelle capitalino con tiempo de sobra para subir hasta el valle antes de mediodía. Desde San Sebastián, la carretera del norte asciende primero por barrancos secos y túneles cortos, atraviesa el cambio de vertiente y, de pronto, se abre a Hermigua desde arriba: el valle entero por delante, descansando en bancales, con el Atlántico al fondo. Son apenas veintiún kilómetros, pero conviene hacerlos despacio. Cada curva descubre otra manera de mirar el mismo verde.