Rastrillo en mano, el salinero recorre el borde de la charca. La sal, tibia todavía del sol de la tarde, se junta en pequeños montones que brillan contrastando con el negro de la lava si miramos arriba. Con el intenso azul del Atlántico, si nos giramos hacia el horizonte. Encima, el cielo abierto del sur de La Palma. Estamos un paisaje que no se parece a ningún otro en el archipiélago. Un jardín blanco que desvela un duelo de texturas.
Las Salinas de Fuencaliente son las últimas que se construyeron en Canarias y siguen siendo de las pocas que continúan produciendo sal marina de forma artesanal. Casi sesenta años sosteniendo una geometría blanca sobre roca volcánica. Un lugar donde el oficio, el paisaje y la fotografía coinciden sin necesidad de subrayarse mutuamente.
El gesto del salinero
Antes que postal, este lugar fue el hogar de un oficio. Hoy ambas realidades conviven. Pero aquí la sal se sigue recogiendo como se recogía hace medio siglo. Un rastrillo, unas botas, un sombrero y el conocimiento heredado de cuándo hay que abrir un tajo, cuándo rasar la costra, cuándo el sol ya ha hecho su trabajo. La familia Hernández Villalba lleva tres generaciones al frente de la explotación, desde que en 1967 Fernando Hernández Rodríguez compró estos terrenos en subasta pública y trajo, con la ayuda del maestro salinero Luis Rodríguez, el modelo de las salinas de Lanzarote hasta el sur de La Palma.
De aquel proyecto queda mucho más que una empresa. Queda un vocabulario —tajos, cocederos, calentadores, salmuera—, queda una forma de mirar el cielo pendiente del viento, y queda un gesto que se repite igual año tras año: el del salinero recogiendo la flor de sal antes de que el aire la mueva.
Ese gesto es, probablemente, el corazón del lugar.
Una geometría blanca sobre la lava
Visto desde arriba, el paisaje es casi abstracto. Rectángulos, canales, formas perfectas trazadas a mano sobre un suelo volcánico. El blanco de la sal, el rosa de las charcas donde una bacteria halófila tiñe el agua, el ocre del óxido y, detrás, el azul intenso del mar. Pocos lugares en Canarias ofrecen una imagen tan reconocible al primer vistazo.
La fotografía icónica —el visitante camina entre los muros bajos de piedra volcánica, el faro rojiblanco al fondo, la costa recortando el horizonte— no es un montaje turístico. Es, simplemente, lo que ocurre cuando la luz del sur cae sobre el conjunto. El cuadro se compone solo.
Los dos faros: memoria del sur
Todo esto ocurre a los pies de dos faros que resumen, por sí solos, buena parte de la historia reciente de Fuencaliente.
El más antiguo entró en servicio en 1903. Se construyó con piedra basáltica traída en barco desde una cantera de Arucas, en Gran Canaria, y se levantó, en parte, con agua salada, porque en la zona no había agua dulce. Sobrevivió al terremoto de 1939, a los movimientos sísmicos previos a la erupción del volcán de San Juan en 1949 y, ya muy dañado, a la erupción del Teneguía de 1971, cuando la lava se detuvo a unos doscientos metros del conjunto. Hoy alberga el Centro de Interpretación de la Reserva Marina de La Palma.
A su lado, en 1985, entró en funcionamiento el faro nuevo. Torre cilíndrica de hormigón, treinta y seis metros de altura focal, bandas rojas y blancas. Es el que aún emite luz. Y es el que aparece en casi todas las fotografías de las salinas: cuerpo alto y rayado sobre fondo azul, la sal a los pies, el mar detrás.
Dos faros, dos épocas, un mismo horizonte que los subraya.
El volcán como vecino
Las Salinas de Fuencaliente tampoco se entiende sin los volcanes que presiden el municipio
Cuando uno mira hacia el norte desde las salinas, lo primero que se impone es el enorme cono negro del Volcán de San Antonio. Domina el paisaje. Lo ordena. Y encierra, además, uno de los episodios más recordados de la historia del sur de la isla: la erupción de 1677, que se prolongó sesenta y seis días entre noviembre y enero, cambió el litoral, ganó terreno al mar y sepultó bajo más de setenta metros de lava la Fuente Santa.
La Fuente Santa era un manantial termal costero, de aguas cloruradas sódicas carbogaseosas, cuyas propiedades medicinales se conocían desde antes de la conquista y habían llegado a atraer enfermos de toda Europa. Dos charcas mareales —San Blas y San Lorenzo— al pie del acantilado, casi a nivel del mar. De ella tomó nombre el municipio: fuente caliente, Fuencaliente. Cuando las coladas del San Antonio la enterraron, la isla perdió mucho más que un manantial. Perdió una economía, un vínculo con el mar y una parte esencial de su relato.
Durante más de tres siglos, la fuente fue búsqueda y leyenda. Se sucedieron sondeos, perforaciones, intentos truncados por las condiciones del terreno y por los medios de cada época. Durante años se especuló con que estaba sobre las Salinas de Fuencaliente.
Hasta que en 2005, un equipo de ingenieros dirigido por Carlos Soler consiguió redescubrirla a pocos pasos de la Playa de Echentive —la playa negra que el propio Teneguía había levantado en 1971, muy cerca de las salinas— situada menos de dos kilómetros hacia el noroeste de Las Salinas. Bajo la fajana volcánica seguían fluyendo aguas termales a sesenta grados. Después de trescientos veintiocho años, la Fuente Santa volvía a la memoria del sur.
El Teneguía, precisamente, dio nombre a la marca de sal que sigue produciéndose aquí: Sal Marina Teneguía. Su erupción, en 1971, estuvo a punto de terminar con las salinas en su primer año largo de vida: paralizó la actividad y obligó a limpiar de ceniza tajos y cocederos. Cincuenta años después, la erupción del Cumbre Vieja de 2021 recordó a todo el archipiélago que la memoria volcánica de La Palma sigue viva.
El Jardín de la Sal: cocinar donde termina la isla
Junto a las charcas, mirando al mar, está el restaurante El Jardín de la Sal. No es un añadido turístico: es una prolongación lógica del sitio. La sal que se cosecha a pocos metros llega a la cocina, se combina con pescado del día, con cochino negro, con producto de la huerta cercana, con la cultura salinera de la casa.
Comer aquí es una manera concreta de entender el paisaje. Se ve el conjunto desde la terraza —tajos, faros, volcán, océano— y se come lo que ese conjunto produce. El kilómetro cero, cuando es honesto, deja de sonar a etiqueta y vuelve a ser lo que siempre fue: cocinar cerca.
Cómo llegar a Fuencaliente
Fuencaliente ocupa el extremo sur de La Palma. Desde Santa Cruz de La Palma —el punto de entrada natural para quien llega en barco desde Tenerife con el Fast Ferry Tenerife – La Palma de Fred. Olsen Express—, la carretera baja hacia el sur cruzando el paisaje volcánico de Las Indias y Los Canarios hasta acabar, literalmente, en el mar.
Vale la pena bajar despacio. Detenerse en el Volcán de San Antonio. Descender después hacia el faro. Caminar entre las charcas sin prisa. Y sentarse, si es la hora, con vistas al Atlántico. Las Salinas de Fuencaliente no son un mirador ni un decorado: son un lugar donde La Palma sigue haciendo lo que sabe hacer. Cultivar la sal, cuidar el paisaje, mantener el oficio, convivir con el volcán, mirar al mar.
Un jardín blanco al sur de una isla que sigue eligiendo, con calma, cómo quiere ser mirada.