Un baño improvisado en una cala

Orilla del mar en una cala de Canarias

La llave de lo imprevisto

Una curva, un destello de azul entre el risco, y un impulso sobrevenido. Pie al freno. No estaba en los planes. Casi ningún baño que de verdad importa lo está. 

El coche se queda a un lado de la carretera. Lo podría haber aparcado mejor. Abajo está la cala. Pequeña, escondida, sin nombre que retener. Se ve desde arriba antes de bajar a ella, y esa es ya la primera forma del placer: mirarla en escorzo, calcular el sendero, adivinar el agua. Una cala vista desde lo alto es una promesa. Lo que viene después solo tiene que cumplirla. 

Camino junto a plataneras de camino a una cala con la figura de El Teide de fondo
Vista aérea de cala en Canarias con arena negra y el mar azul del Atlántico

Se baja despacio, porque no hay otra manera. El sendero obliga a mirar dónde se pisa, y al hacerlo el cuerpo ya empieza a soltar el día. La roca cambia de color con cada metro. El rumor del mar sube a recibir. Y entonces, allí abajo, las escenas empienzan a tejerse, como guionizadas por el regidor de un verano perfecto: alguien trepa hasta un pico de roca, duda un segundo —solo uno— y salta. Vuela. Por un instante es una figura suspendida sobre el agua, los brazos abiertos, antes de partir el azul en dos. Sus amigos bullen alrededor, gritan, se ríen, celebran el aterrizaje. El mar le devuelve con una risa que se oye desde lo alto del sendero. 

Ha llegado tu momento. Te atreves. Entras. Primero los pies, que se quejan del frío. Luego, sin pensarlo más, cuerpo entero, de golpe, porque dudar solo lo hace peor. El agua aprieta un segundo y enseguida suelta. Quedan la sal en los labios, el frescro en el rostro, el pelo pegado, la respiración un poco más honda. Nada del otro mundo. Y, sin embargo, algo se ordena por dentro. 

Eso es lo que tiene el baño improvisado. Que llega sin guion. Que no obedece a la hora ni al deber, sino al impulso. 

Un baño sin reloj

El baño imprevisto no tiene método. Es otra cosa. No hay sombrilla ni hora de salida. Se hace en ropa interior si hace falta, o con lo puesto. Se seca al aire porque nadie trajo nada. Y precisamente por eso sabe distinto. Porque obliga a la calma. 

Sabe a libertad pequeña. A decisión tomada en un segundo. A ese lujo cada vez más raro que supone aceptar que el tiempo, por una vez, ha dejado de perseguirte.  

Hojas de platanera frente a un cielo azul con nubes

Un gesto lo resume todo: el chasquido de una lata al abrirse. Ese pssst breve, metálico, que en cualquier otro sitio no significaría nada y aquí, con los pies sobre la roca y la sal aún en la piel, suena a celebración. Un refresco, una cerveza, da igual. Lo que importa es el sonido. El brindis sin palabras. El acuerdo tácito de que aquí, ahora, no hay ningún otro lugar donde haya que estar. 

Y uno se sienta. Encuentra su piedra, la que guarda mejor el calor, y se para. Desde ahí, sin prisa, mira. 

Bañistas en una cala de arena negra en Canarias
Huellas de pisadas en la arena marrón de una playa canaria
Orilla de una cala con una formación de roca a un lado

Un perro va y viene por la roca, juega con el hocico en un charco, retrocede, ladra a una ola. Mira a su dueño con una cara que lo dice todo: yo también me quiero bañar. Un poco más allá, dos jóvenes se besan sin mirar a nadie, convencidos de que el mundo cabe entero en ese gesto. 

El silencio empieza a ganar la batalla al bullicio. Una señora mayor, aprovecha la coyuntura para sumergirse ahora en un libro. Devora las páginas. Sí, las páginas. En papel. Mientras haya luz, hay fantasía.  

Del otro lado de la cala, los amigos siguen riendo. Riendo y riendo. Le recuerdan al de turno, al que ahora le toca tirarse, todas sus andanzas, todas las veces que dudó, todas las que se tiró de cualquier manera. Él escucha, se asoma al borde, calcula. Saltará. Claro que saltará. 

Fotógrafo en bañador tomando una fotografía de las olas entrando en la orilla

Y uno, desde su roca, lo mira todo y no quiere nada más. 

Canarias está hecha para esto. Su costa se quiebra en calas una y otra vez, en recodos que asoman detrás de cada curva, en bajadas que solo conoce quien se ha atrevido a frenar. Por eso, viajar por Canarias en coche es poseer la llave de lo imprevisto. Conducir sin destino fijo por la orilla de cualquiera de las islas es aceptar de antemano que el plan puede romperse en cualquier momento. Y que romperlo será, probablemente, lo mejor del día. 

La hora en que el ruido se apaga

Ya solo quedan los últimos en el agua, flotando boca arriba, mirando un cielo que cambia de color minuto a minuto. 

Formaciones rocosas junto a la orilla de una cala en Canarias
Vista aérea de la orilla de una cala con rocas asomando por encima del mar
Olas chocando suavemente contra las rocas de una cala en Canarias

El sol roza el horizonte y lo enciende todo. El agua se vuelve cobre, rosa, luego gris y mansa. La roca se tiñe de naranja. El calor guardado del día trepa despacio por los pies descalzos. Y el ruido —el de las voces, el de las olas, el del mundo entero— se va apagando al mismo ritmo que la luz, como si alguien bajara una a una las teclas de un piano. 

Nadie quiere irse, pero todos saben que ya es hora. Se recogen las latas. Se calzan las chanclas mojadas. Se sube otra vez el sendero, ahora de espaldas al mar, con la piel tirante de sal y la cabeza en paz. 

Y de eso, exactamente, está hecha la felicidad. 

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