El plátano: paisaje, memoria e identidad

Paisaje de Canarias con unas hojas de platanera en primer plano

Hay paisajes que se contemplan y otros que se sienten. En Canarias, el plátano pertenece a esta segunda categoría. Con frecuencia escuchamos y leemos el peso que ha tenido en términos económicos y estadísticos para nuestra historia. Pero hablamos menos de él en términos de paisaje, de territorio, de imagen.  

La iconografía del plátano como elemento identitario de Canarias no se fragua solo en su peso específico para la economía de las familias. Los contornos de esa identidad se dibujan con multitud de fotografías reconocibles del propio paisaje canario, de manos trabajando, de herramientas que son apéndices para el agricultor, de platos en la mesa… 

Costa canaria con plantaciones de plataneras

El plátano no es solo un cultivo. Es una presencia constante que ha moldeado la forma en que miramos el territorio, la manera en que lo fotografiamos y, en muchos sentidos, la forma en que nos reconocemos como comunidad. 

Las fincas de plátanos al aire libre dibujan un mosaico vivo en las laderas y en las vegas fértiles. Sus hojas grandes, verdes y brillantes, se mecen con el viento atlántico como si fueran banderas vegetales que anuncian vida. La luz se filtra entre ellas y crea sombras irregulares que parecen posar para ser fotografiadas, para convertirse en postales que hablan del carácter de esta tierra. Quien ha caminado entre plataneras sabe que ese paisaje tiene algo de catedral natural: silencio, humedad, olor a tierra y a savia. 

Vista aérea de paisaje en Canarias con plantaciones de plataneras

Pero el paisaje no está completo sin las personas que lo habitan. En las fincas se reconocen también las herramientas y los atuendos del agricultor: el sombrero para protegerse del sol, las botas marcadas por la tierra, las manos curtidas por cuchillos y machetes, que conocen cada planta como si fuera parte de la familia. Hay gestos heredados, formas de trabajar que se transmiten de generación en generación y que forman parte de una idiosincrasia muy particular: la del sector platanero, paciente, perseverante, profundamente ligado al territorio. 

Piñas de plataneras con plátanos
Suelo de una finca de plataneras
Camino en una finca de plataneras en Canarias

El plátano, además, ha modelado la vida doméstica y la memoria de muchas familias. Durante décadas fue un aliado silencioso en las cocinas humildes, un alimento cercano y generoso que ayudó a criar generaciones de niños y niñas. De esa creatividad nacieron pequeñas joyas de la gastronomía doméstica. El plátano escachado acompañado de galletas, preparado con cariño para los más pequeños, o el plátano frito que acompaña un arroz a la cubana o con judías negras, dorado en la sartén, cuyo aroma llenaba la casa y anunciaba que la comida estaba lista. Elaboraciones simples, nacidas de la necesidad, pero también del ingenio y del amor de quienes buscaban alimentar bien a sus familias. 

Penacho de plataneras
Suelo de una finca de plataneras en Canarias

Por todo ello, el plátano es mucho más que una fruta. Es paisaje, cultura y memoria. Es la imagen que aparece en tantas fotografías que cuentan quiénes somos. Es el trabajo silencioso de los agricultores y agricultoras que cuidan la tierra cada día. Y es, también, el sabor de la infancia de muchos, ese que permanece en la memoria como permanecen los paisajes que realmente importan. 

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