Faros de Canarias: luz, memoria y sacrificio

Las costas de Canarias siempre han tenido una iconografía propia, una imagen que no es solo imagen, sino que dibuja la personalidad de quien se relaciona con la costa, ya sea como aventura o como labor. Consciente o inconscientemente, toda persona que haya viajado o quiera viajar por Canarias en barco alguna vez conoce ese momento, esa impresión. La línea del horizonte se quiebra, se contonea y acaba por dar forma a una torre que se alza sobre la roca volcánica. Los faros canarios no son solo señales marítimas, son discos duros de memoria, y los fareros, sus custodios. 

A lo largo del siglo XX, y aún hoy, han sido refugio, destino y punto de referencia para quienes se aventuran a explorar el archipiélago o a descubrir las ventajas de viajar en barco por Canarias, donde la travesía se disfruta tanto como el destino. 

Testimonios de los guardianes de la luz

En torno a estas torres, vivieron hombres y mujeres cuya vida estaba marcada por la misma constancia del oleaje. Uno de ellos fue Agustín Pallarés, farero de Alegranza. Sus recuerdos hablan de una existencia aislada pero profundamente conectada con la naturaleza. Un islote, un faro. La vida mínima y sacrificio máximo. Allí, Pallarés encontraba sentido a cada gesto: limpiar la óptica, vigilar la lámpara, escuchar el rumor de un mar, reconocer su voz y aventurar su comportamiento. Su relato evoca ese modo de vida antiguo —un diálogo silencioso entre el farero y su faro, entre el ser humano y el océano— que todavía hoy emociona a quien se acerca a estas historias. 

También Antonio “Antoñito” Hernández, farero del Islote de Lobos, dejó un testimonio inolvidable. Su vida, junto a su familia, transcurrió entre un puñado de casas, el camino de arena y la torre que iluminaba el estrecho entre Fuerteventura y Lanzarote. Hace unos años contaba cómo la soledad enseña a escuchar y cómo, en las noches más duras, la luz del faro era una compañía para él y para los marineros que confiaban en su precisión. Era un trabajo sin horarios ni descanso. El mar nunca duerme, así que el farero tampoco podía permitirse hacerlo del todo. 

En fechas recientes, la voz de Margarita Peralta, farera en La Gomera y La Palma, aporta una mirada distinta: la de un oficio que se moderniza y “tiene futuro” sin perder su raíz. No en vano, es de las pocas fareras que aún vive junto al Faro. En su caso, el de San Cristóbal, en La Gomera. Contó su experiencia de 35 años como única mujer farera de Canarias y una de las pocas que ocupan ese cargo en España hace escasas fechas en RNE. La automatización y los sistemas de control remoto han transformado la figura del farero residente en la de un técnico itinerante que asume también tareas como el balizamiento de puertos, puertos deportivos u otras cargas administrativas. Sin embargo, escucharla hablar de su faro revela que, aunque la tecnología cambie, la responsabilidad y el vínculo emocional con el faro y el «talante especial» del farero siguen intactos. 

También merece un lugar destacado la experiencia de Baudilio Brito Rodríguez, palmero nacido en 1947, que comenzó su vida entre faros en 1973. Su historia, contada hace unos años en Diario de Avisos, refleja la transición técnica y humana del oficio. Su primera labor fue en Cabo La Nao, en Alicante, donde participó en el montaje de un radiofaro que marcó el inicio de una carrera dedicada a la precisión y al cuidado de las señales marítimas. Cuatro años después fue destinado al faro de Anaga, en Tenerife, un enclave agreste que se convirtió en su hogar hasta 1989. Baudilio recordaba en aquella conversación, con una serenidad que emociona, la noche en que logró salvar una vida: un navegante cuyo motor se había detenido en mitad del mar. Alertó por radio a Las Palmas, Capitanía Marítima avisó a un buque en tránsito y la ayuda llegó a tiempo. “Salvar a alguien en la vida es suficiente para tener el orgullo de haber sido farero o de haber ayudado a quienes están tirados dentro del puzle del mar”. Así, su historia se une a las de tantos guardianes de luz que han dado sentido a la existencia misma de los faros en Canarias. 

La evolución de la profesión es un reflejo de la evolución de la relación de los canarios con su mar. Del farero aislado al técnico conectado; de los generadores diésel a los sistemas automatizados; del silencio absoluto al eco de las comunicaciones digitales.  

Faro de Orchilla en El Hierro con acantilados y vistas al océano
Playa de Maspalomas, famosa por sus extensas dunas y paisaje único.

Viajar en barco por Canarias

Cada faro sigue siendo un icono y símbolo del esfuerzo compartido por los trabajadores del mar. La figura del farero representa la entrega silenciosa y la resistencia que caracterizan al modo de vida canario. Hoy, cuando uno se aproxima a un faro durante un viaje —especialmente si decide disfrutar las ventajas de viajar en barco por Canarias — reconoce que estas torres no son solo estructuras, son relatos de sacrificio, de identidad y de luz. 

Viajar a Canarias es encontrarse con esa memoria luminosa. Navegar por nuestras islas es permitir que cada faro te cuente una historia. Y detenerse ante ellos es, de algún modo, rendir homenaje a quienes encendieron una luz para que otros encontrarán su camino. 

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